Cuentos al estilo del Conde… Lucanor

 

A falta de pan, buenas son tortas  por  Diana Potse. 3º B.

     En un pueblecito al sur de Francia, había un joven llamado Pablo. Este joven tenía una familia de mucho dinero, que le concedían todos sus caprichos. Pablo nunca había demostrado el menor interés por querer ocuparse del negocio de su familia, por lo que no sabía más que los estudios básicos, como leer o escribir. Se pasaba el día entero vagando por las calles con sus amigos, sin hacer nada productivo. Su padre, Miguel Ángel, era siempre muy estricto con él e intentaba enseñarle algo que pudiera servirle en un futuro, pero Pablo no le escuchaba.

    Un día, su padre falleció de una grave enfermedad. La madre de Pablo había muerto nada más dar a luz, así que Pablo se quedó huérfano.

    Los parientes más cercanos eran unos tíos que vivían en una pequeña comarca, cerca de allí. Dora y Juan eran una familia feliz, queridos por todos sus vecinos, pero que nunca habían podido tener hijos. Sus ganancias dependían de una pequeña plantación de maíz y una granja. Pablo, al llegar, pensó que su vida nunca volvería a ser como antes. Sus tíos no eran pobres, pero tampoco disponían de   grandes lujos como a los que Pablo estaba acostumbrado. Pasaban los días y Pablo no quería adaptarse a su nueva situación. Pero, al cabo de un tiempo, empezó a darse cuenta de que no tenía otra alternativa y no podía hacer otra cosa, sino empezar a trabajar ayudando a sus tíos. Al principio le costó mucho, pero poco a poco fue aprendiendo más y más cosas.

    Al cabo de un año, Pablo ya había aprendido todo lo que tenía que aprender sobre el cuidado y el mantenimiento de la plantación y la granja.

    Sus tíos siempre habían sido muy comprensivos y cariñosos, y Pablo se sintió mucho más feliz que cuando era rico y tenía muchos lujos.                                                                                                        

 

PROVERBIO CHINO: Mirando al cielo desde dentro de un pozo =

La rana del fondo del pozo por Kai Jin. 3º B (Rubik cube’s fan)

    La historia cuenta que una rana  vivía en un pozo, y nunca salía de él. Todos los días se sentaba y contemplaba el cielo.

    Un buen día llegó al pozo un cuervo, que al ver a la rana, le preguntó:

-         ¿Nunca has salido de este pozo?

-         Pero… si fuera no hay nada, ¿para qué voy a salir?

   El cuervo se extrañó y dijo:

-         Pero si fuera del pozo es maravilloso, hay un montón de cosas.

-         Yo solo sé que está este cielo pequeño y redondo.- contestó la rana.

   El cuervo le intentó convencer:

-         Pero, ¡el cielo es muy grande!

-         Yo no salgo de aquí y punto.

 

Este refrán describe a aquellas personas sin conocimientos, que no intentan conocer este mundo y solo juzgan sin saber.                                                    

La pared  por  Alexandra Rivas Pessah y Jessica Borthwich.3º B.

    Era un chaval que siempre estaba de mal humor y lo pagaba con los demás. Una vez, un señor se le acercó estando en el mercado y le dijo:

-         Cada vez que estés de mal humor, clavas un clavo en la pared- señalando a una pared blanca, muy grande.

   El chico hizo caso y empezó ese mismo día. Se pasaba las horas poniendo clavos, hasta que poco a poco, se le fue yendo el mal humor. Ya había terminado la pared y el hombre se le volvió a acerca, pero esta vez le dijo:

-         Por cada vez que estés de buen humor, quitas un clavo. Entonces consiguió quitarlos todos y ya nunca volvió a estar de mal humor. El hombre le señaló la pared y le dijo:

-         ¿Ves esa pared? Ahora tiene muchos agujeros, pues esto pasa con la gente, por mucho que arregles las cosas malas que haces a los demás, siempre quedará una señal que no se olvida.

                                                 A palabras necias, oídos sordos por Alina Galache. 3º B

 

    Un hombre al que se le había muerto su mujer, vivía en un pueblo pequeño. Había muerto un año antes, y desde entonces sus vecinos le criticaban por tener mala suerte con las mujeres. Cada vez que intentaba hablar con alguna, esta se iba a otro lugar. Un día, harto de todas estas personas que solo hablaban mal de él, se puso a gritarles y a insultarles. Al cabo de unos días se dio cuenta de que solo había empeorado la situación y reflexionó sobre el tema. Esa misma mañana salió a la calle, ignorando todo lo que sus vecinos cotillas decían de él. Ignoró a todo el que pasaba a su lado, en el trabajo se limitó a hacer lo necesario, y con sus amigos solo habló de cosas  que pasaban en el pueblo. Así durante unas semanas. Se fue dando cuenta de que al ignorar las cosas que le decían, las personas se aburrían y paraban. Por fin le dejaron en paz, y volvió a tener pareja.

                                   

La oveja negra  por Eugenia Evangeline Dudina.  3º B.     Una chica con gran imaginación.

 

Un rebaño de ovejas pastaba a la vista de su pastor. Si mirabas desde la colina, podías pensar que el cielo acababa de caer, ya que cada oveja, una nube podía parecer. Menos una de ellas, que parecía una tormenta, pelo negro sobre su piel podías ver. Todo el pueblo, conocido por el nombre de Lusitania, se acercaba al pastor para comprar sus ovejas, cada día una de las treinta y siete ovejas del pastor, podían comprar, menos una, la oveja de pelo negro.

    Dos meses pasaron ya, cuando el pastor se quedó con diez de sus ovejas. El pueblo era pobre, ¿qué podía hacer? Un día en lo alto de la colina, un caballero se pudo ver, mientras se fue acercando el pastor supo que el príncipe podía ser.

   -Quiero comprar una de sus ovejas, pues el pueblo me dice que las mejores han de ser- dijo el príncipe al verse con el pastor.

   - Sí, las mejores son seguro, me quedan nueve, señor, elija la que quiera.- agradeció el pastor por el cumplido del señor.

Durante largo tiempo pensó el príncipe cuál de ellas había de coger, al levantar la vista, una oveja negra pudo ver en el claro paisaje.

   -¿Esa oveja está en venta?- quiso saber.

      El pastor quedó perplejo, no supo qué responder.

-         Es negra, señor- dijo con confusión.

-         Me da igual, pastor, al fin y al cabo, ¿no son todas las sombras del mismo color?

      Y así, el príncipe compró la oveja negra y en el símbolo de Lusitania se convirtió.

      Todo el pueblo quería una oveja negra ya que el cielo nunca se oscureció.

             Moraleja: No juzguéis, si no queréis ser juzgados.

                                                   

El que no arriesga no gana por Justin Ionesco y Yuri Lima 3º B

 

A mí me gusta una chica  que es de segundo de ESO y se llama Elora. Me gusta mucho, me he enamorado de ella y no sé qué hacer, porque también le gusta a otro niño de tercero que se llama Josema. Y quiere salir con ella. Pero Josema es amigo mío y yo no le quiero lastimar. Yo tampoco sé si le gusto a la chica. No creo que me atreva a preguntárselo. Así que no sé cuando se lo voy a decir, porque no quiero que me rechace, porque me va a lastimar mucho. Lo primero que voy a hacer es preguntarle a mi amigo si la quiere o si puedo salir yo con ella.

    Ya se lo he preguntado. Me ha dicho que no quiere que salga con ella.

     Hoy he hablado con Josema, ahora me dice que él no quiere salir con Elora, porque ella no quiere salir con él. Le voy a mandar una carta para ver si quiere salir conmigo.

…No me ha respondido….

…He ido a su clase y le he preguntado si quiere salir conmigo, porque la quiero y me gusta mucho. ¡Me ha respondido que sí! Me he acercado a ella y le he dado un beso.

   Soy muy feliz. Así que os digo “si no arriesgáis en la vida, no ganáis”.                                                            

                                                 

Ojos que no ven… corazón que no siente

 

    Érase una vez, en Bilbao, vivía una mujer llamada Anabel, que conoció en sus vacaciones a Carlos, del que se enamoró perdidamente y seis meses después se casaron. Fueron muy felices, hasta que Carlos habló de sus ayudas humanitarias (su trabajo), pero su mujer ya estaba embarazada de Luisa. Nueve meses después nació y descansaba en sus brazos.

                    …trece años más tarde…

   Luisa tenía trece años y sus más íntimos se dieron cuenta de que no era una niña normal, sino muy pija y mimada, y le importaba demasiado la opinión de los demás.

   Su madre le tenía que comprar todo lo que ella deseaba: ropa de marca, maquillaje, última tecnología…

   Un día su padre, informó a su familia de su viaje a África, ella se sintió humillada por miedo a las críticas de sus compañeros: “El padre de Luisa se relaciona con gente pobre”.

   El padre le escribía cartas, pero ella no quería saber nada de él.

   Hasta que pasó un tiempo y había rumores de una plaga de malaria en la zona en la que estaba su padre. A la hija seguía sin importarle, y Anabel estaba cada día más triste por el comportamiento hacia su padre y más preocupada por su marido, ya que si enfermaba, sabía que no había cura.

   Un mes después, la familia recibe una llamada, ¡se trataba de la Cruz Roja! Carlos había fallecido por culpa de la malaria.

   A los tres meses, después de ver la situación en la que estaba Luisa, su madre, le echó una charla y le dijo:

   -Hija, eres demasiado egoísta y solo piensas en ti, y no en los que te rodean, hay gente en el mundo que sufre el día a día y tú utilizas la vida para comprar tonterías innecesarias y gastar todo el dinero que puedes, mientras otros no tienen nada. ¡Así que piensa en los demás!

   Luisa, muy disgustada, por lo que le había dicho su madre, le hizo caso y recapacitó. Parte de su ropa la donó a la iglesia, llevó los cuatro móviles que tenía a una tienda y desde entonces solo compró lo necesario. Desde aquel día tan trágico, Luisa se convirtió en otra persona, y pensó en los demás. También se apuntó a una ONG, ya que su madre le enseñó unos documentales sobre la pobreza en este mundo. ¡Su madre por fin se sentía feliz!